Shakespeare en los rines. (I)

En términos de formación nada había cambiado, la estructura era similar, cuando estiró el brazo derecho para alcanzar el celular se topó con un gran reloj despertador al que no estaba acostumbrado, de resto la mañana parecía ser la misma, salvo por esa delgada cobija con una textura más fría y mas liviana de lo normal, algunos hilos transparentes que se enredan en las uñas de una manera insoportable. Ya en la luz de la ventana se reflejaba algo más cercano al medio día, la mañana ya se estaba terminando. Solitarios y tediosos domingos de Octubre. Tras la esquiva verdad siempre ha estado toda su vida, sus padres le confesaron que era adoptado en una sola mirada, ya cuando se sentía mas lejos de ellos, eso fue un alivio mas que una carga, a veces solo los soportaba por el hecho de ser sus padres, ya no lo tenía que hacer mas. Un sonido lo logró despertar del todo, no sabía que canción era pero si sabía que era Luis Miguel, nunca en su casa sonaría algo así y mucho menos en su propio cuarto, de repente un flashback le rondó la cabeza, su último recuerdo era haber tomado un taxi con Simón, discutían frenéticamente sobre el retorno del rock psicodélico y el uso experimental del LSD, se borró el recuerdo y la canción de Luis Miguel seguía sonando como un taladro en el tímpano.

– ¿Pierre?. Lo llamó una voz desde fuera de su cuarto, solo las personas más conocidas lo llamaban así, ¿A quién carajos le ocurre llamar Shakespeare a un niño en pleno siglo XXI? Desde eso su vida era extraña, pero esa mañana parecía mas extraña que de costumbre, empezando por el reloj, siempre había dos cosas que detestaba con todo su ser, mirar el tiempo y verse al espejo. Sus manos lucían más blancas que de costumbre, desde el primer momento noto unos visos de lineas negras que envolvían su muñeca, nada raro, pensó, era normal que le gustará rayarse las manos, por más de que su padre, escritor fracasado, le repitiera siempre que los únicos que se rayaban las manos eran los presos. El era un preso, solo que su cárcel era tan grande como sus ganas de ser un músico exitoso. Ya era normal que sus noches estuvieran llenas de lagunas, de pedazos de recuerdo que se iban volando cerca de los postes adornados en vómito de la ciudad, nada raro al parecer había sucedido, solo lo normal, excesos recurrentes que buscaba como una gran anestesia frente a los gritos de su fastidioso y viejo gato.

Al salir del supermercado Shakespeare escondió sin animo de ocultarla la caja de licor en su maleta, esa era su costumbre, escapaba del mundo recorriendo calles ajenas llenando su cuerpo de alcohol, su mirada apagada solo se encendía con los audífonos, la música maquillaba un poco la rutina y lo monocromático de su paisaje, era como estar siempre en un videoclip. Esa tarde pensó, – Que interesante sería convertirse en una canción, simplemente una energía flotando sin remordimientos, solo traída a la vida con play, muerta con un stop. Puso las palmas de sus manos sobre los audífonos, inclinó un poco el cuerpo y apretando tan duro como pudo los audífonos a su cabeza dejo salir un grito que retumbo como un vendaval de desesperación. – ¡Música!. Esa noche se daría cuenta que lo que la música le había enseñado, lo que era su mayor adicción se convertiría en el peor y mas fuerte de sus demonios.

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